EL CEREMONIAL PALACIEGO Y MARÍTIMO DE CERVANTES

Cervantes
Don Quijote en la playa de Barcino, de Augusto Ferrer-Dalmau

A vueltas con el reto que nos han hecho desde #PBP para sumarnos a las celebraciones del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, aquí va nuestra propuesta.

Buscar detalles de ceremonial, etiqueta y protocolo en alguna de las obras de estos dos grandes escritores es más difícil de lo que a priori parece. No porque no las haya, sino porque hay infinidad de ellas. Desde los propios títulos, al escenario donde se desarrolla toda la obra o al propio desarrollo de los hechos.

Respecto a William Shakespeare, títulos como el Rey Lear, la tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca o Macbeth (rey de los escoceses) ya llevan implícitos tratamientos y títulos nobiliarios. Otras obras como Romeo y Julieta, la Fierecilla domada (The Taming of the Shrew) o Mucho ruido y pocas nueces (Much ado about Nothing) nos presentan costumbres, etiqueta y saber estar en la Italia del Renacimiento.

Pero son dos obras de Miguel de Cervantes las que hemos elegido para extraer los detalles con los que vamos a participar en el reto.

La Española Inglesa

La primera se trata de la Española Inglesa, una de sus Novelas ejemplares, y el párrafo nos relata la presentación de Isabel -protagonista de la obra- frente a la reina inglesa, donde se constatan diferentes elementos seguidos en el ceremonial palaciego:

“Llegados, pues, a palacio, y a una gran sala donde la reina estaba, entró por ella Isabela, dando de sí la más hermosa muestra que pudo caber en una imaginación. Era la sala grande y espaciosa, y a dos pasos se quedó el acompañamiento y se adelantó Isabela; y, como quedó sola, pareció lo mismo que parece la estrella o exhalación que por la región del fuego en serena y sosegada noche suele moverse, o bien ansí como rayo del sol que al salir del día por entre dos montañas se descubre. Todo esto pareció, y aun cometa que pronosticó el incendio de más de un alma de los que allí estaban, a quien Amor abrasó con los rayos de los hermosos soles de Isabela; la cual, llena de humildad y cortesía, se fue a poner de hinojos ante la reina, y, en lengua inglesa, le dijo:

-Dé Vuestra Majestad las manos a esta su sierva, que, desde hoy más, se tendrá por señora, pues ha sido tan venturosa que ha llegado a ver la grandeza vuestra.”

Don Quijote de la Mancha

Nuestra segunda elección –imposible evitarlo- es del propio Don Quijote de la Mancha, durante su visita a Barcelona, cuando vió por primera vez el mar.

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El párrafo está extraído del capítulo LXIII, que lleva por título “De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca” y describe diferentes acciones propias del ceremonial de recibimiento de una autoridad o invitado ilustre en la entrada de un navío:

“En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ‘‘¡Hu, hu, hu!’’ tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote, diciéndole:

–Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha: tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor del andante caballería.

Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando, y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.

Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no quería hace[r] semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar.”